Son las 14:30 del sábado 11 de junio de 2011 y falta 1/2 hora para que comience el XXV Triatón de Zarautz. Es el 25 aniversario y yo estoy entre los 700 atletas que tomarán la salida.
Es la primera vez que no tengo los nervios típicos precarrera. Estoy tranquilo, aunque con miedo, esperando que den la salida.
A las 14:45 salen alrededor de 30 mujeres. Me acerco al agua para verlas y de paso comprobar la temperatura. Se me pasan muchas cosas por la cabeza, pero la principal es estar tranquilo. Si tengo calma, sin nervios, sin presiones, sin tensión, es dificil que tenga latidos raros.
Llegan las 15:00 y lo he conseguido. Estoy tranquilo, no he notado nada raro y comienzo con confianza.
NATACIÓN:
Dan la salida y nos metemos en el agua. Unos lo hacen corriendo y otros lo hacemos caminando. Entro casi de los últimos, y aún así sigue habiendo golpes entre tantos brazos y piernas moviéndose para avanzar. Pasados los primeros metros me busco hueco donde voy cómodo. De vez en cuando del grupo se acerca alguien, o me acerco yo a alguien y se hace un poco más complicado nadar ya que hay pequeños roces, pero rápido cruzo por encima de sus piernas y me busco otro sitio donde nadar más cómodo.
Todo sigue así hasta que me doy cuenta de que llevos varios metros siguiendo unos pies. Me llevan cómodo, muy cómodo, pero no tengo intención de ir más rápido. Disfruto mucho dejándome deslizar en el agua entre una brazada y otra. Podría seguir esos pies durante horas, pero llega un neopreno rojo a incordiar. Intercambiamos algunos pequeños golpes y decido que no quiero entrar en esa batalla, por lo que busco otros pies.
Llegando a Zarautz veo que lo voy a conseguir. Me da igual el tiempo, el puesto, todo lo que tenga que ver con compararme. Solo quiero llegar a la playa y estoy a punto de hacerlo. Veo que el fondo del mar se va acercando poco a poco. Llegado un punto decido ponerme de pie y caminar. Otros corren, pero yo camino.
Mientras voy a la zona de transicción a por mi bicicleta solamente pienso una cosa. Este año quiero quedarme con el gorro. Otros años nos obligaban a dejarlo, pero este año no quiero hacerlo. Por suerte puedo quedarme con él.
Llego a la Bici y allí están Jorge, Nuria y Longi animándome. ¡Qué maravilla!
BICICLETA.
Después de una transicción más lenta de lo acostumbrado (no tenía ninguna prisa) comienzo a pedalear. El recorrido es contrario a lo que yo conocía y el principio es muy rapido. Aunque miro el reloj para fijarme en el pulso, también veo la velocidad y es buena. Las sensaciones de piernas no son tan buenas, y me duran toda la prueba, pero esto que me habría preocupado años atrás ahora no es problema ya que no tengo la más mínima intención de forzar.
Comienza la subida de la primera vuelta. Es muy cómoda y podría hacerse fácilmente en un piñon de 16-17, pero lo hago en 19-21 y 23. Me pasa gente que ganaría con facilidad y en la primera vuelta me cuesta desconectar, olvidarme de que al dorsal cuatrocientos y pico le pegaría una pasada que le quitaba las pegatinas, o que tendría que meter plato en esta cuesta.
Llega la primera bajada, y en una curva a izquierdas cojo un bache en el que la ruda delantera sale mal parada. Durante algunos segundos esperaba que de un momento a otro la rueda se quedara sin aire pero gracias a que tenía buena presión no pasó, pero rompí la rueda, aunque no me impidió finalizar.
En la tercera vuelta pasé momentos malos ya que noté un único latido raro (algo que noto miles de veces) y comenzaron mis dudas. ¿Debo estár aquí? ¿Sería conveniente que abandone?. Fueron unos minutos, hasta que comenzó la subida de la última vuelta. Una subida más dura en la que tenía que centrarme para subir cómodo, sin forzar y conseguí hacerlo.
Estoy llegando a Zarautz en la última vuelta y ya pienso en ir aflojándome los zapatos para dejar la bici. Llegado al punto indicado pongo los pies en el suelo y me dirijo a dejar la bicicleta y ponerme las zapatillas. Una vez más vuelven a estar allí animandome Nuria, Jorge y Longi.
CARRERA A PIE.
Empiezo a correr centrado en aislarme, olvidarme de todos, intentando ignorar a los que me adelanten, ya que cuando lo hagan se que podría ir más rápido que muchos de ellos, pero no quiero, no debo, no puedo (a sí puedo). Aquí me cuesta menos que en la bicicleta. Será porque aunque vaya muy cómodo tengo algo más de entreno en la carrera y el ritmo es bueno. Completo la primera vuelta no se si en mucho o poco tiempo, pero comienzo la segunda tan fresco como la primera y la termino tan bien como terminé la anterior.
Cada paso por meta es espectacular, con muchísimo público animando, gritando mi nombre. Hace que se me ponga la piel de gallina.
Mientras me acerco al comienzo de la última vuelta voy siendo consciente de que lo conseguiré y se me empieza a pasar por la cabeza apretar. No se si hacerlo en desde el principio o esperar a los cinco últimos kilómetros. Vuelvo a ver a Longi, Nuria y Jorge. Están esperando a que termine mi última vuelta, y lo primero que se me pasa por la cabeza es gritar a Longi que en 30 minutos estoy de vuelta. Dicho esto comienzo a incrementar el ritmo poco a poco, hasta que decido que es bueno. Recupero muchas posiciones de las perdidas en vueltas anteriores, pero eso es lo de menos. Llego al pasillo de los últimos 500 m y hay tanta gente como en la primera vuelta. Pienso que va a pasar cuando cruce la meta, ¿tiraré la gorra?, ¿gritaré?, ... ¿qué haré?.
Pues nada. No hice nada. Pararme a 10 metros de meta, agarrar a Jorge y Nuria de la mano continuar andando hasta cruzar la línea. Longi también debería de haber cruzado conmigo, y lo hico, aunque no físicamente.
Al cruzar, tengo muchos recuerdos y ninguno bueno. Cables por dentro del corazón, días, semanas, meses sin correr ni un solo paso. Una noche que me di media vuelta en la cama y cambió mi vida.
Pero hoy ha vuelto a ser normal, he vuelto a ser el que era. Me he demostrado que puedo hacerlo, que soy el mismo que era antes de esa maldita noche. También podría demostrárselo al Dr. Jimenez Candil, pero eso me da igual.
Ya era hora que después de momentos muy duros haya alguno bueno.
Longi, gracias por haber estado conmigo, apoyándome, cuando no lo ha hecho nadie más. Ni los médicos de Salamanca, ni la familia, nadie. Hasta que llegué a la Dra. Boraita. Me hizo ver la luz al final del tunel, y ahí seguías apoyándome con más fuerza. También con miedo de que me pasara algo, pero aún así estabas conmigo.
GRACIAS.
(espero meter alguna foto y dejarla un poco más bonita, pero no tengo tiempo. Poco a poco).
miércoles, 15 de junio de 2011
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